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| colectivo inconciente | ||
| Este año hicimos hincapié en lo
colectivo como disparador de la producción individual y grupal a
través de la lectura conjunta del material de los participantes,
del análisis de obra de distintos autores, del trabajo a partir de
textos y de prácticas comunes que motivaran la reflexión y
la producción. Los resultados del proceso de trabajo fueron exhibidos en el Espacio Blanco de la Casona Municipal y publicados en un catálogo autogestionado. Participaron: Ayelén Koopmann, Viviana Toranzo, Micaela Conti,
Luis Insfrán, Eloisa Goy, Raúl Prida, Susana Gassmann, Mara
Paganelli, Andrea Olivera, Suyai Otaño, Mariela Gainsborg, Agustina
Triquell y Gabriel Orge. |
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“Dos seres
se reúnen, cada cual encerrado en su noche cerebral. No obstante,
en la media exacta de sus conciencias del mundo, en un momento determinado
por el desarrollo del protocolo instrumental, en un momento concreto,
no aleatorio, en un momento necesario, tiene lugar una representación.”
Entonces es ahí cuando sólo cabe pensar en la posibilidad de reproducir cierto espíritu de la experiencia partiendo de lo colectivo como latencia, en ambos sentidos: por su condición de latente (algo de ese pulso rítmico que lo acompaña) y por referencia también a aquel tiempo que transcurre entre un estímulo inicial y la respuesta que produce (lo lúdico y procesual de esta instancia). El sistematizar este recorrido, intenta plasmar la dinámica que da origen a los trabajos, atendiendo a las sendas de lo particular y lo colectivo que –inevitablemente- se entrecruzan. Los puentes de sentido, más o menos perceptibles, nos permiten bocetar un panorama común: la producción poética y narrativa que late, con mayor o menor fuerza, en todos los trabajos. Este pulsar común puede en parte ser resultado de la instancia del taller, pero también de un estado de situación de la fotografía en un sentido más general: la convergencia de lenguajes, la posibilidad de manipulación de sus contenidos, la variedad de intereses en torno a la fotografía expresiva. Si bien esta puede ser una clave de lectura, podemos pensar la experimentación en sí misma como otra posibilidad, como espacio lúdico de exploración sobre la forma y el sentido: las búsquedas en los modos de montaje, los recursos de las nuevas tecnologías, las maneras de hacer dialogar los trabajos. Desde este lugar, la construcción de un discurso compartido se presenta como una trama sólida fundada y pensada como un proceso “de bitácora”, de diario de trabajo, donde algunos trabajos surgen de los disparadores mismos del taller o persiguen búsquedas más personales, otros están más marcados por las instancias de discusión colectiva, en la que los trabajos crecen y toman nuevos caminos. El carácter socializador del arte, construye así dos recorridos: por un lado, la instancia de producción y por el otro –atendiendo a un espacio más tradicional¬- la instancia de exhibición y contacto con el público. Un público que busca conocer mediante la producción: la “muestra final” permite la comunión entre quien ha gestado “algo” a lo largo del año en el trabajo semanal del taller (que aún permanece cubierto) y quienes esperan conocerlo. Los modos de relacionarse con el lenguaje fotográfico son tan particulares como los modos en los que cada uno de nosotros escribe o se piensa en el mundo. Esto, claro está, se evidencia sólo al momento de confrontación con la mirada del otro, quien posee a su vez su universo de referencia propio, sus propios procesos, sus propias preguntas. De este contacto nace un diálogo, más de preguntas que de respuestas, en donde se confrontan y complementan modalidades de trabajo, inquietudes y procesos. La configuración cartográfica de la muestra propone un recorrido que reproduce a su vez otros recorridos más abarcativos: los transita en parte, gracias a la posibilidad de traducción de los lenguajes, fundada en la universalidad de la imagen. Aparecen así referencias a lo detectivesco –que recorre tanto el microcosmos ajeno como el mundo más íntimo con las mismas estrategias –, a la violencia en relación al cuerpo y al medio que lo contiene, a la experiencia estética, a lo fotográfico en si mismo y sus posibilidades de representación identificatoria, a la propia idea de belleza. La construcción solidaria, el compartir el conocimiento y cuestionar
los trabajos son dinámicas que permiten fortalecer los discursos
de innumerables maneras: desde compartir una herramienta o un dato sobre
posibilidades de impresión hasta poder posicionar el trabajo dentro
de las inquietudes personales de quien lo produce, ayudando a rastrear
puntos en común, referencias a otros autores, etc. En esta solidaridad
se funda entonces un compartir la experiencia creativa misma, generando
así desde lo grupal un nuevo referente: el sentido de lo colectivo.
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